viernes, 9 de abril de 2010

La mañana



Consciente de que era la última vez que te veía, te miré.
Tu rítmica respiración era el único sonido en la penumbra de la pieza.La deznudez descobijada de tu cuerpo te hacía tan vulnerable. Era como que la ausencia de ropa te quitara la coraza que no me dejas penetrar cuando estás despierto. La certeza de que solo eres mío cuando duermes me inundó el alma de una triste ternura.
Recorrí tu cuerpo con mis ojos, tus vellos, tus extremidades, tus montañas y valles. Te acaricié el rostro; no te despertaste. El cansancio de una noche intensa era más fuerte que el dulce roce de mis yemas recorriendo tus rasgos.Comencé a vestirme, contínuamente mirándote. Cada prenda adherida a mi cuerpo marcaba distancias, creaba abismos.
Ya vestida, acerqué mis labios a tu mejilla y sin rozarla, respiré profundamente, para en mi mente, en mi corazón, grabar para siempre el aroma de tu piel.
Luego de mirarte por última vez, cerré silenciosamente la puerta de tu casa.
A la salida, noté una bifurcación en el camino de mi vida, dos senderos, dos direcciones, una elección.
Beatriz Pereira

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