
Vestida de dalias,
al borde de la luz atraviesa los ojos.
Hasta el agua la siguen, y Ella hunde
la nata de sus pies en las miradas.
Evanescente blanca, de las dunas
somnolienta regresa, mientras crecen
violentos los jacintos.
Mil cristales de arena
tintinean violetas en sus brazos,
un espejo la carne, devuelta a su destello,
en Sí misma se hermana y se complace.
Ni la codicia, el miedo o la lisonja
podrían retenerla, ni erizarle siquiera
de su orla, el último hilo de la túnica.
al borde de la luz atraviesa los ojos.
Hasta el agua la siguen, y Ella hunde
la nata de sus pies en las miradas.
Evanescente blanca, de las dunas
somnolienta regresa, mientras crecen
violentos los jacintos.
Mil cristales de arena
tintinean violetas en sus brazos,
un espejo la carne, devuelta a su destello,
en Sí misma se hermana y se complace.
Ni la codicia, el miedo o la lisonja
podrían retenerla, ni erizarle siquiera
de su orla, el último hilo de la túnica.
Juana Castro


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