
Las soledades más elocuentes
son las que compartimos tú y yo.
Las palabras que no decimos, por no lastimar
el frágil recuerdo del viejo amor.
Esas canciones que nunca bailamos
y que dejamos pasar.
Los compases de la penumbra
que se han marchado ya, sin llorar.
La casa fría y el silencio nocturno
que se guarda en ese cajón que compartimos
donde la costumbre mata,
lo que a la pasión le sobra.
Encerramos las risas, y las lágrimas,
las complicidades y las esperanzas,
bajo llave, con miedo
de que en alguna luna nueva
el fuego de otro amor pudiera iluminar
la ausencia del nuestro.
En un cajón de olvido las caricias,
los besos, las historias que juntos inventamos.
Bien guardado en lo oscuro, donde ya no somos
ni el tú, ni el yo que tanto amamos
escondido que no se vea que nos mentimos,
que nos alejamos,
que somos dos planetas diferentes,
con caminos enfrentados.
Catalina Hernández Noriega


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